16 de junio de 2009

malas intenciones...

-Bueno, Martica, nos vamos para mi casa.
-Nooo. Cómo se te ocurre Jaime. Yo con ustedes dos no me voy sola ni loca, ni necesitada o de despecho.
-Pero, Martica -le dice Andrés, muy convencido-, ¿no ves que ya esta muy tarde?, nos da miedo que te vayas sola para tu casa. -Martica ríe, los mira. “Estos dos me tienen más ganas…”.
-A ver, Martica -dice Jaime-: -los tres estamos un poco ebrios, sin un peso y mi casa no está muy lejos. Si quieres ser mal pensada, allá tú. A mí me preocupa que te pase algo si te vas sola.
-Y luego nos echan la culpa por malamigos -dice Andrés, mirando las nubes que ya se forman, con expresión de extrañeza, de pensamiento inacabado.
Martica ríe de nuevo:
-Si me los conozco ya mis queridos. Dos traguitos y se ponen lo más de lujuriosos.
-Eso te digo a vos -le dice Andrés, tocándole la cara, suavemente, casi en el aire-. A que te mueres por que te cojamos juntos y te hagamos el harakiri.
Los tres ríen a carcajadas mientras caminan por la avenida, abrazados, Martica en el medio, la lluvia ligera, como una brizna, impregnando sus ropas.
“Esta mujer si es mal pensada”, se dice Jaime, mirando a la nada, confuso por tanto trago, con el olor de Martica a estribor y el perfil de Andrés cerrando la escena. “Aunque no estaría mal hacerle el Harakiri como dice Andrés. Martica siempre me ha gustado, su cuerpo, su sonrisa, y es que está tan linda…”. Mira de reojo a Andrés, que le devuelve la mira y asiente, como adivinando lo que piensa. Ambos ríen, Martica los observa.
“Estos dos algo se traen”, se dice Martica. “Jaime es muy lindo, se preocupa mucho por mí, pero Andrés es más lanzado, más directo y eso me gusta, aunque a veces se pasa de cochino. Que darían estos dos… ”. Martica, con expresión risueña, sus manos que se deslizan suavemente hacia los bolsillos traseros de sus amigos.
-¡uyyy!, pero después dicen que es uno -dice Andrés, haciendo que las palabras salten sobre Martica y le caigan a Jaime.
-Sí, señor -dice Jaime-. ¡Esta mujer quiere el harakiri con doble espada! -ríen de nuevo, con más fuerza, deteniéndose un poco, tomando aire-, pero yo creo que ni así la matamos.
-¡Que tal estos guaches! -grita Martica al tiempo que les pellizca las nalgas-. No puede uno expresarles cariño porque se ponen como conejos. Quietos pues que conmigo, nada.
-No te preocupes, Martica -le dice Andrés, contemplándola con el mayor descaro-. Tu no me gustas nadita.
-Tu te lo pierdes, Andresito -susurra Martica, mirándolo y asintiendo.
-Bueno, muchachos -dice Jaime, buscando las llaves-: -no se me molesten que ya llegamos. Además… ¡lo del harakiri sonaba como bueno! -Los tres ríen una vez más, Martica los empuja y entra primero. Ambos contemplan su trasero hasta que este y ella se pierden por las escaleras que conducen al piso de Jaime. Los dos se pasan el brazo sobre el cuello y la siguen, ya menos ebrios, tarareando "Algo contigo" en versión Calamaro.
Martica se deja caer en el sofá, se quita los zapatos y la chaqueta mojada. Andrés y Jaime hacen lo mismo en la cocina y de paso buscan más traguito.
-Oiga, usted si es que no tiene es nada en esa nevera, ¿no le da pena con Martica? -le dice Andrés a Jaime, solemnemente, moviendo la cabeza apesadumbrado. Jaime le devuelve silencio con cara de puño, entornando los ojos y luego saca del compartimiento de verduras de la nevera una botella de guaro, friíta, deseosa toda ella de ser consumida.
-¿Con esto le basta al niño?, o ¿quiere más? -responde Jaime, lleno de modestia, falsa modestia que se le escurre no más Andrés pega un grito de triunfo, le quita la botella de las manos y sale haciéndole venias hasta la sala.
-¡Hepa!, mira lo que nos tenían guardado, la botellita que sobro de la farra del sábado, yo ya ni me acordaba. Jaimito en todas, te ganaste un beso de Martica…
-Juguemos algo -dice Martica, destapando la botella y sirviendo en copitas que Jaime trajo, presuroso por no dejar disminuir la borrasca en su cabeza-. Juguemos a la verdad o se atreve -continuo, Martica. Ellos respondieron radiantes, con cara de niños buenos, con cara de malas cosas.
-Me gusta tu iniciativa, Martica -responde Andrés-. Ese juego me encanta, sobre todo por lo atrevida que te vas a poner….digo, por si no quieres aceptar lo lo-qui-ta que te tengo.
-Vean este como sueña -dice Martica, sacando pecho y haciendo jarras con los brazos-. Vengan más bien y comenzamos que se calienta el guaro de tanta espera. Las reglas son estas: Una copita de guaro por mentirosos, una copita de guaro por cada verdad con penitencia para el que hizo la pregunta.
-Creo que nos cambiaste las reglas -dice Jaime, frunciendo los labios, tocándose la barbilla con la mano-. Pero no importa, pregunta lo que quieras. Nosotros somos libros abiertos, deseosos por que nos leas y repases, en braille, ¿no?..
-¿Qué es lo que más le gusta de Martica? -le pregunta Andrés a Jaime, luego de una buena ronda de preguntas, respuestas y güaritos para pasar la pena (haga el ocho con la cola, llame a su casa y dígales a todos que los quiere, báilese un tango con la escoba, como si la quisiera pues…)-, ¿su hermoso rostro, su férreo culo o su esbelta personalidad? -Jaime se queda pensando, Martica lo mira esbozando una sonrisa que deja ver un poco de su lengua entre los dientes. Andrés alista una copita de aguardiente rebosante de lascivia, Jaime sigue pensando, mirando a Martica, sobándose la cabeza, mordiéndose los labios.
-Pues a ver -dice Jaime, luego de un rato, ya seguro de si mismo, exponiendo sus ideas como si de una teoría trascendente se tratara-. Cada parte tiene su importancia en el conjunto -señalando su objeto de estudio al auditorio, el auditorio con cara de interesado, de entendido, dispuesto a dejarse seducir por las ideas novedosas del orador-, y el conjunto aquí representado, crudamente para ser mejor entendido (no mucho, ya que todavía tiene la carcasa que guarda sus partes pudendas objeto de un estudio mucho más profundo) no puede sobrevivir si desglosamos su unidad para ser mejor entendida. Pero, ¡óigaseme bien!, en caso tal de que esto fuera posible y tuviéramos que descartar algunas de sus partes para poder profundizar mejor en la belleza que despide una y concentrándonos en orden de importancia... ¡Me quedaría con su hermoso rostro, su boca de azafrán y sus ojitos saltones!
-Te mereces tres tragos -le dice Andrés, decepcionado-. Por mentiroso, por carretudo y de paso por ser un cursi enamorado, ¡tu boquita de azafrán!, ¡jaaa!, esa boquita se la regalo, que yo me quedo con partes más ilustres, más… como se diría… más… -¿Mas que?, Andresito -le dice Martica, mientras con sus manos se desabrocha la camisa, los botones de arriba, dejando ver la tenue línea que se forma en su piel blancuzca, el brasier de encaje y la curvatura perfecta de sus senos.
-A eso me refiero Martica, tu siempre tan didáctica, tan recursiva, así ni para que me explico.
-Ahora la pregunta va para Martica -dice Andrés, con expresión de gozo, sobándose las manos como si tuviera frío, como si la noche se mesclara con lo que corroe su cabeza-. A ver, Martica, en caso tal de que… fuera posible pues… que te decidieras a tener algo furtivo con uno de nosotros, a quien preferirías, ¿a este hermoso barón receptivo a tus caricias o al profeso Jaime?, enamorado irrefutable de tus formas, de tu boquita de maticas y que se yo de que más cosas.
-Ay, Andresito -dice Martica, con un ligero arrebol en sus mejillas, producto tal vez de su creciente nivel etílico o de la mordaz pregunta ejecutada-. Ya sabía yo que me ibas a salir con una de esas, que no te quedas quieto ni sentado. -Martica lo piensa, los mira, sonríe y piensa, piensa y sonríe, tumefactos ellos, esperando una respuesta que los ponga en gloria o trágica caída, tratando de no darle mucha importancia al asunto, tomándose una copita de aguardiente cada uno, como para estar más receptivos.
-No sé -dice Martica, mientras agarra su pelo con ambas manos haciendo una cola larga, negruzca, que se desase cuando sus manos vuelven al regazo-. Es difícil de explicar, muchachos. -Continua Martica, con sinceridad alcohólica, revelativa, agradable a oídos del público interesado-. Es como si los dos me gustaran, como si fueran uno solo cuando estamos juntos, cosa rara. No sabría por quien decidirme si se dieran las cosas para tener algo, creo que seria más por azar que por voluntad.
-Uyyy, Martica. -dice Andrés, borracho ya, sirviendo la copita que le corresponde a Martica-. Ahora si me dejaste frío. ¿Eso quiere decir que te da igual si yo o aquí mi compañero te queremos magrear?
-Bueno, no te pongas pesado, Andrés, que ahora te toca a ti la penitencia por que yo respondí como debía.
-¡Eso, Martica! -dice Jaime, mientras termina de vaciar la botella en las tres copas de modo que todas reciben la misma porción-. Ponlo en su lugar. Pero te digo que a mí, tu respuesta también me dejo como extrañado.
-Por que, ¿es que no puedes aceptar que a las mujeres nos gusten varios hombres? -le responde Martica, haciendo cara de seria, mostrando su temple, su carisma.
-No, como crees, eso no me molesta, es que nos dejas en las mismas -Le devuelve Jaime, con una volea perfecta-, a menos que te hayas tomado en serio lo del harakiri, que no te veo para eso.
Martica furiosa, Martica sedienta, se toma de pasada los tragos respectivos de sus amigos y el suyo, con fuego en los ojos y licor en la sangre.
-Y, ¿es que no me crees capaz o qué? -se le acerca un poco, poniendo los codos en la mesa de centro, las palmas sujetando su rostro.
-No es eso Martica… -Jaime nervioso, Jaime asustado. Andrés risueño, contemplando la escena- : Esto se pone bueno… -¡Vos no te metas, Andrés! -dice Martica, sin mirarlo siquiera, expectante a las palabras de Jaime.
-Pero Marta, no te pongas así, solo creo que hay personas para todo y tú no eres persona para tríos -Responde Jaime mientras toma valor, se acerca también a la mesa remedando a Martica, codos sobre el vidrio, palmas sobre la cara.
“A mi no me sacan de esta”, se dice Andrés, poniéndose en igual posición que los otros. Ella los mira, con expresión distante, perdida, sonriente. Sus manos ahora se acercan a los brazos de Jaime, lo atrae un poco y sin mucho reparo lo besa, se besan y lo besa de nuevo. “Que piensas ahora”, se dice Martica mientras se acerca a Andrés, que la recibe de buena gana. Lo besa, se besan, para luego besarsen de nuevo.
-Esta claro que Martica tiene temple… -Andrés Feliz, Andrés contento-, pero un beso no dice mucho, se acerca, pero no dice mucho. -Martica desinhibida, Martica dispuesta, Martica ebria: Se levanta, rodea la mesa que los separa. Se sienta en el sofá, ya rebosante toda de ira, de desenfreno; Los atrae a sus lados (con esa facilidad que las mujeres, cuando quieren, hacen las cosas), recuesta su cabeza en la parte trasera del sofá, descubriendo su cuello, su blanco cuello y la entrada de su camisa, ya un poco abierta he insinuante.
“¡Mierda!”, se dice Andrés, mirando a Jaime que lo mira, mirando juntos a Martica; Martica inmóvil, ojos cerrados, respiración lenta, curiosa, esperando. No pasa nada, el tiempo se esparce mutilado por el silencio y no pasa nada. Martica abre los ojos, mira a Jaime fijamente, sonriente. Jaime se le acerca, la besa, toca su cuello, su pelo. Su mano se desliza por su hombro, su pecho, sin decidirse al fin a subir por las formas de Martica. Con una mano Martica va desabrochando su camisa, con la otra atrae a Andrés y le hace terminar el trabajo. Andrés besa el vientre desnudo, acaricia sus lados, nervioso, acalorado; Jaime mientras la sigue besando ya acariciando sus senos bajo el brasier. -Quítame el pantalón, Andresito, dale -Dice Martica con vos débil, entrecortada, anhelante. Andrés que la sigue besando, más abajo, soltándole el cinturón, los botones; Jaime recorriendo con su lengua y boca el rosado pezón, mordiendo, chupando, así, así. Pero algo le pasa a Martica, más allá del placer que prodigan sus amigos, se le revuelve todo, “no debí tomarme esos traguitos de más… ”. -Me siento mal… me siento mal… -Susurra Martica, pero nadie la escucha, concentrados como están en sus tareas, alumnos juiciosos, consumados, afanosos. Pronto un esténtor recorre a Martica, más otro seguido de otro, inevitable: Un roció que parece más tormenta sonora los baña, cubre y recorre mientras Martica libera su cólera; furia alcohólica que brota inacabable de sus fauces, olas grandes, intermitentes, con tufillo aguardentoso. La escena esta congelada, ninguno se mueve: asustados, mudos, sorprendidos. -Perdón, muchachos -dice Martica, la tierna Martica ya apaciguada, entre tímida y risueña-. Me sentó mal tanto trago.
-Pues un orgasmo no ha sido, aunque me siento mojado, muy mojado, Martica -dice Andrés, soltando el cierre del pantalón de Martica, triste, a sabiendas que esto nunca se iba volver a repetir, que el momento había pasado y que forma de pasar. -Andrés, déjate de guevonadas -le dice Jaime-, que la situación no da para chistes -cerrándole la camisa a Martica, todo penoso, mirándola, queriéndola en su desgracia.
-Pobre Martica -le dice Jaime, pasando la mano entre su pelo. Ella lo observa-. Hasta aquí llegaron tus tríos mi querida…
-Tienes razón, Jaime. Tal vez me hubiera arrepentido luego… -Se miran, se comprenden, revelando lo que sienten, uno al otro.
-¡Pero que cosas dicen muchachos! -Andrés metiéndose donde no debe, ya listo a arreglar las cosas, inteligente en lo irreversible-: -¡Eso no es más que un bañito y continuamos con lo nuestro!
-¡Andrés! -le gritan juntos, lo empujan, lo miran-. Vaya por una toalla más bien, ¡que de pronto nos enfermamos con esto encima! “De la que te salvaste, Martica”, se dice Andrés, mientras ríen y ríen como si todo hubiera sido un juego, una borrasca loca, una noche entrelazada con sueños ocultos, con malos pensamientos.


Y así, querido lector, termina esta historia. Moraleja: “No dejes que tomen de más pero si lo suficiente”, en caso tal que no quieras pasar por tormentosas aguas, por penas húmedas, propiciadas por el licor redicho y su vaho emancipante.

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